Cuenta una leyenda que las palabras no mueren, solo cambian de lugar en la memoria. Por eso, hace mucho mucho tiempo, una gran soñadora inventó un sitio para ellas. ¿Quieres saber que tienen que contarte?

Ellos

Se levantó temprano, desayuno poco, recogió su habitación, eligió la ropa de ese día, abrió la puerta del baño, dejó las cosas encima del lavabo y entró en la ducha.
Reguló la temperatura del agua, se mojó los pies y poco a poco el resto del cuerpo, cerró el grifo y se lavó el pelo lentamente, se enjabonó el cuerpo y se aclaró. Salió de la ducha en albornoz y con una toalla liada en la cabeza.
Esperó un rato a secarse mientras se pintaba las uñas de las manos color negro como el ónix.
Al terminar de secarse deslió la toalla de su cabeza y se peinó el pelo para más tarde secarlo con secador. Sacó las planchas de un cajón y las enchufó a la corriente, cogió un peine y mechón a mechón se alisó el pelo. Se arregló el flequillo y fue a su habitación, se vistió con la ropa que había preparado, se calzó sus manoletinas azules y cogió las llaves de casa.
Al salir, cerró la puerta y montó en el ascensor.
Pisó el asfalto mojado por la lluvia de la noche anterior y se dirigió a la estación de metro más cercana, en la que había quedado con él.
Ahí estaba, esperándola sentado en una barandilla. Ella se acercó y cuando él se dio cuenta de su presencia se le dibujo una pequeña sonrisa en la cara.
Y los dos juntos, de la mano, fueron a enfrentarse a su mayor enemigo: El Tiempo.

1 comentario:

Dara Scully dijo...

Yo le habría agarrado fuerte de la mano y le habría pedido que me despeinara hasta las pestañas.




(sonrisademamut)